Pablo Pizarro Guzmán*
Justo hace un mes estuve en Yumasa. Subí a casi tres mil metros sobre el nivel del mar para escribir sobre doña Juana, una mujer que guía a turistas. En el sexto Cañón más profundo del mundo vives una experiencia mundial. Al bajar, pensé: este país tiene un capital turístico increíble.
El contexto es: Bolivia tardó tiempo en reencaminar su turismo después de la pandemia. Sin embargo, lo destruyeron en un mes. Esta frase no es ficción: tiene nombres y apellidos de los responsables.
Vinimos asumiendo que Bolivia tiene condiciones turísticas extraordinarias: el valle de Tarija, Salar de Uyuni, Lago Titicaca, Tiwanaku, Misiones Jesuíticas, Gran Chaco, Amazonia y Yungas, entre otros. Tenemos gastronomía ya reconocida afuera. Cultura viva, diversidad de paisajes y una calidez humana que los propios visitantes destacan como su diferencial.
Desde Tarija, llevo más de tres años años escribiendo sobre vinos y singanis, enoturismo y gastronomía, sobre productores, paisajes y sus historias. Documento cómo el vino y el singani de altura se convierten en una causa económica post gas, ya que he visto a familias enteras apostar su futuro para que el mundo conozca el sur vitivinícola.
Lo que no tenemos es el lujo de seguir quemando nuestra reputación internacional cada vez que grupos minoritarios cortan las rutas del país: ¿quién paga realmente el costo?.
No lo paga el gobierno. Lo paga el guía de la Ruta del Vino que canceló veinte reservas. Lo paga el chofer de la vagoneta en Uyuni que esperó tres semanas a turistas que nunca llegaron. Lo paga la cocinera del mercado Rodríguez que vio su clientela extranjera evaporarse de un día para otro.
Durante mayo vimos circular en redes sociales a turistas varados, asustados y hambrientos. El turista atrapado siente miedo, no tiene dónde comer ni dónde dormir. Ninguna acción justifica el susto y la experiencia negativa que estos visitantes viven. Ese es el precio que Bolivia pagó en un mes.
La pregunta ya no es si los bloqueos funcionan como presión política. La pregunta es: ¿a quién le funciona? Las pérdidas inmediatas son graves. Pero lo que más debería preocuparnos es lo que viene después: el daño a la imagen país.
El 2025, el turismo representó el 4,9% del PIB, con Bs 24.469 millones en actividad económica. Y en el primer trimestre de 2026, el sector crecía al 16% interanual. Bolivia, por primera vez en mucho tiempo, empezaba a ser un destino que el mundo ponía en sus listas.
Hay algo más que las cifras no capturan: el presidente Rodrigo Paz viene construyendo una imagen internacional para instalar a Bolivia en el mundo y el mundo en Bolivia. Destruir ese esfuerzo tomó cuatro semanas.
*periodista y comunicador.