Pablo Pizarro Guzmán*
Hacer periodismo sobre vino y singani en Bolivia durante estos últimos tres años ha sido, más que un proyecto editorial, un ejercicio constante de convicción. Al inicio, la duda era inevitable: si realmente existía una audiencia, si había suficientes historias, si el tema podía sostenerse en el tiempo sin volverse repetitivo. Porque hablar de vino en Bolivia no es lo mismo que hacerlo en países donde la cultura vitivinícola está instalada hace siglos; aquí, muchas veces, es empezar desde cero, incluso desde la explicación más básica.
Ahí estuvo el primer aprendizaje: el problema nunca fue la falta de contenido, sino la falta de mirada. Porque detrás de cada botella hay decisiones, territorio, riesgo, identidad. Pero también hay algo más difícil de construir: relato.
Sostener ese relato en el tiempo no fue fácil. Hubo entusiasmo, pero también desgaste. Hubo crecimiento, pero también dudas. La constancia fue el verdadero desafío. Y en ese proceso apareció algo que no estaba garantizado: una audiencia que empezó a interesarse, a buscar, a formar parte. Eso cambió todo.
Porque cuando hay alguien del otro lado, el contenido deja de ser solo contenido. Se vuelve vínculo. Se vuelve cultura en movimiento.
Por eso, el siguiente paso no es editorial, es colectivo: acercarse, consumir con criterio, conocer, recorrer, preguntar, exigir más.
Hoy, después de tres años, el vino y el singani en Bolivia están empezando a ocupar el lugar que merecen. No solo en la copa, sino en la conversación.
A la vez, esto se sostiene con un equipo comprometido que gracias a un vasto esfuerzo alcanzó metas que contribuyeron y continuarán aportando a la historia de la viticultura de Bolivia.
*jefe editorial