La historia del vino y el singani de Bolivia con nombre de las madres.
Tres generaciones de bodegas familiares bolivianas comparten un rasgo en común: una mujer en el origen. Al frente de la viña, la bodega, en definitiva en la primera botella.
Hay una tradición no escrita en las bodegas bolivianas: cuando llega el momento de crear el vino más especial, el que resume todo lo que una familia quiere decir con su trabajo, ese vino lleva el nombre de una mujer. No es casualidad. Es memoria.
En Tarija y en los Cintis, las mujeres estuvieron desde el primer día. Algunas fundaron junto a sus maridos empresas que hoy son referentes nacionales. Otras irrumpieron solas, con título universitario y determinación, en un sector que durante décadas les cerró las puertas. Y otras transmitieron de generación en generación el conocimiento de la vid en comunidades donde la viticultura es también identidad.
MATRIARCAS
Doña Esther Ortiz

Su nombre significa «estrella» y eso es exactamente lo que es en la constelación de etiquetas de Campos de Solana. Esther Ortiz fue la esposa del fundador Luis Granier, «Don Lucho», fundador de una saga vitivinícola que comenzó en 1925, y según Luis Pablo Granier, nieto y actual gerente general de la bodega, fue un pilar absolutamente central en la construcción de la empresa. Tanto, que la bodega lleva en su nombre los dos apellidos fundadores: Granier Ortiz.
El homenaje más concreto llegó cuando Campos de Solana decidió que el vino más ambicioso de su historia llevaría su nombre. Esther Ortiz es un Gran Reserva 100% Petit Verdot, cepa de difícil cultivo en Sudamérica, cosechado a mano en la Finca Esther Ortiz, a 1.950 metros de altitud en el Valle de Santa Ana, con 24 meses de guarda en barricas de roble francés nuevas. Es, según la propia bodega, el vino ícono de la colección, la estrella.
Doña Ana Hebe Cortez Vaca-Guzmán

El 31 de marzo de 1976, Ana Hebe Cortez Vaca-Guzmán y su esposo Milton Castellanos Espinoza sellaron juntos la primera botella de lo que hoy es una de las bodegas más reconocidas de Bolivia. No era una figura decorativa: era cofundadora real de Milcast Corp. S.R.L., la sociedad familiar que sostiene Aranjuez hasta hoy. La bodega que ella ayudó a levantar introdujo en 1999 la cepa Tannat en Bolivia, hoy la variedad más plantada del país, y ganó en 2013 la primera medalla Gran Oro para Bolivia en un concurso internacional. Cuando la Cámara de Diputados rindió homenaje a Aranjuez en marzo de 2025, el brindis final fue por los esposos Castellanos: por Milton y Ana Hebe, juntos en el origen de todo. Pronto una etiqueta se presentará en su honor.
Doña Elia Rosa Campero

La familia Kohlberg la llama «Mamá Elia». Junto a su esposo Julio Kohlberg Chavarría, «Papá Julio», y sus cinco hijos, enfrentó en los años sesenta una tierra casi desértica, suelos erosionados y escasez de mano de obra calificada para fundar lo que se convertiría en una de las bodegas más premiadas de Bolivia. Su legado es tan central para la bodega que la línea de máxima gama, la Serie Ícono, tiene dos vinos: Don Julio y Elia Rosa.