¿Ud. es feliz doña Juana?, le pregunté, en medio del almuerzo, sí, soy feliz, contestó sin ningún tipo de complejo ni resentimiento.
Pablo Pizarro – Guzmán
Doña Juana (60) es como una cabra. Cada día puede caminar kilómetros de kilómetros, subir y bajar montañas y correr tras sus animales cada día. No usa zapatillas de carreras, sus piernas no son como las de Michel Phelps, ni su cuerpo se asemeja a una atleta. Sin embargo, sus pies se mueven con el viento, su corazón late como un hincha de fútbol argentino y su mirada es un espejo donde flamean los vientos del sur.

Ella vive en la comunidad de Yumasa, a casi 3 horas de la ciudad de Tarija, a una altitud de aproximada de 3.000 msnm. En su caserío habitan 23 personas. No llega la señal de celular. Sólo hay un profesor y un alumno en la escuela. Un pequeño camioncito sólo va y viene una vez por mes. Está certificada como guía de turismo. Cerca de su casa está el Pilaya, sexto cañón más profundo del mundo. Ahora, Reserva Ecoturística y monumento natural Cañón del Pilaya, área protegida municipal declarada mediante Ley.
Cuando llegas de visita al sitio, te guía, en realidad te cuida. “Andá por aquí, tené cuidado de esas piedras, no se acerquen mucho al borde”, te repite cada momento. Además te cuenta leyendas e historias del lugar. “Aquel cerro es macho, Sipe Sipe, hay que tenerle respeto. El cerro de Potosí es hembra porque lo explotaron desde sus adentros”, relata, mientras vas caminando a su lado.

La experiencia nace, porque fuimos un grupo de turistas el pasado primero de mayo a Yumasa con la agencia de Ernesto Vaca P. Una operadora que presenta propuestas turísticas innovadoras, diferentes y con un alto sentido de la experiencia. Ernesto conoce y sabe lo que hace. Además promueve el respeto y cuidado por los lugares a dónde hace turismo aventura.
El sendero desde Yumasa al mirador son como 40 minutos. En medio de un horizonte poblado de Osos Jucumaris, cóndores, Tarcas, Pasacanas, Guayabas, Verbenas, Comadres y Sunchus. Y muchísima naturaleza más.
Admirar el sitio cuando llegas a la terraza natural desde donde observas el sexto cañón más profundo del mundo es un momento cautivador. Más todavía cuando Marco Narváez, Guapito, practica un ritual de meditación con cuencos. En ese instante, despierta la conexión con la tierra y la naturaleza.

Contemplar el paisaje te lleva a pensar en la maravilla de la naturaleza. Me parece que Dios está representado en estos espacios, donde la vida se expresa en su plenitud. El cielo. Qué decir del lienzo celeste que te cuenta la magia del planeta que habitamos.
Volvamos a doña Juana.
Como dije, ella te cuida durante el sendero. Te habla. Hace chistes. Cuenta cuentos. Cuando la miras a lo lejos ves como si estuviera camuflada entre las tolas y los arbustos. Se levanta al alba y se acuesta con la luna. Dice que para ese día ya cocinó un ají de huevo: “harta papa, huevos, charquis la cebolla, le echas condimento, todo lo envuelves bien y después te sirves con llajua. Si usas la leña es más lento, si usas garrafa no debes descuidarte”, así va contando su cotidianidad.
Ese día llevaba una pollera celeste, con una camisa blanca bordada, un pullover abierto y en las manos una manta con una botella de agua, arriba un sombrero con unas rosas pascuas a punto de desfallecer. En su pecho luce el cartel que la reconoce como guía oficial de turismo.
También cuenta que en Mar del Plata reside su hija con sus dos nietos. Que la visita de tanto en tanto. “Este año tal vez venga para el día de la Madre, pero no sabe bien todavía porque no fue un buen año de cosecha. Me quiere llevar allá. Yo de aquí no me muevo”, refuerza. Cuando necesita señal de celular camina hoooras hasta llegar a la punta de un cerro cercano y pillar la bendita conexión.
Recuerda que tiene 80 cabras, chanchos, una yunta de bueyes y que cultiva papa, oca, arveja y avena. Su día es largo. Trabaja todo el día. No para. Más cuando llegan 1 o 2 veces por semana turistas.
Cuando volvimos, almorzamos en la escuelita un cocido de papás con queso. Doña Juana, a nuestro lado, pendiente de las cosas. En tanto, aprovechó para vender una porción de queso de cabra a 15 bs. y una media arroba de papa a 20 bs. La plata la guardaba entre el sostén y sus tetas dormidas.
Es una chapaca profundísima, desde su forma de hablar, modismos, lenguaje gestual. Su cuerpo es como un fideo chamusqueado de tamaño recortito. Su origen, como el nuestro y la mayoría de los sureños.
Lo diremos sin ambigüedades: Doña Juana es la misma tierra, los alimentos, el aire y el viento. Es la vida misma.
¿Ud. es feliz doña Juana?, le pregunté, en medio del almuerzo, sí, soy feliz, contestó sin ningún tipo de complejo ni resentimiento.