Difundimos in extenso una parte del capítulo donde se cuenta sobre la vendimia en la expedición que realizó a Tarija el francés Hugues Weddel, entre 1845 a 1846. El extracto es del libro “Viaje en el sur de Bolivia” (introducción, notas y traducción de Isabelle Combés).
El 4 de junio me despedí de mis amigos por algún tiempo y salí de Tarija. Me acompañaba el general O´ Connor (dice Weddel) hasta San Luis donde, como creo haber dicho ya, tenía una propiedad.
Solo llevaba conmigo mi caballo y una única mula. Pensaba arrendar otros animales de carga al llegar a la frontera para que, a mi vuelta, los míos estén en condiciones de aguantar el viaje que pensaba hacer hasta Chuquisaca. En mi equipaje llevaba, además de la vestimenta estrictamente indispensable, algunos regalos para los salvajes.
Al salir de Tarija el camino tomó una dirección sur sureste siguiendo a la distancia el río Tarija a nuestra derecha. Pero al llegar al cruce del camino que lleva al valle de Concepción, es decir más o menos a una legua y tres cuartos de la ciudad, nos dirigimos casi directamente hacia el este hasta cerca del pueblito de Santa Ana. De ahí tomamos de nuevo al sur y llegamos pronto a la hacienda del general, Francis Burdett O ´ Connor, para pasar la noche.

Habíamos pasado varias zanjas bastante hondas en el camino pero, como caso no tenían agua, no fueron un obstáculo para nuestra marcha. Las principales zanjas o quebradas se llaman Quebrada del Monte, Fonda, del Puente y Matara. Todas estas excavadas en el terreno sedimentario que ya describí y presentan más o menos las mismas características. En una de ellas observé, por encima del limo, una espesa capa de tierra arcillosa – arenosa blanca, que solo se llama tierra blanca y sirve, a veces, como el yeso para blanquear las casas. La misma sustancia existe en gran cantidad, pero un poco mezclada, en un cerro elevado a media legua de la ciudad y que se llama, por su color, el Morro Blanco.
Un puente natural cruzaba una de estas quebradas, pero la lluvia se lo había llevado. Estos sedimentos oponen tan poca resistencia a la acción de la lluvia que parece seguro que con el tiempo harán desaparecer gran parte del valle. Los inmensos surcos que se ven en los llanos son pruebas indiscutibles de esta verdad. Sorprenden los cambios que algunos días de lluvia provocan en la configuración de varios puntos de los alrededores de la ciudad.
El día 5 el general propuso quedarnos un día más, porque tenía asuntos que resolver. Mientras tanto, recorrí los alrededores que, además, ya conocía por haber visitado varias veces el lugar durante mi estadía en Tarija. Santa Ana está ubicada más o menos a la misma altura que Tarija y el clima es el mismo. Mi anfitrión tenía un hermoso viñedo en la falda de un cerro, al pie del cual corre el riachuelo de Santa Ana. Esta corriente caprichosa acababa de causar ciertos daños en la propiedad e incluso habría podido destruirla por completo, si el general no hubiese actuado rápidamente. Como para vengarse de los obstáculos, el río fue a mordisquear las lomas de la otra orilla, también cubiertas de vid.

Estuve de visita en casa del general cuando se hizo la vendimia, a fines de abril. Ya se había difundido la noticia de la visita del presidente, y todos los campesinos habían sido llamados a la ciudad para reclutarlos en la guardia nacional y enseñar las maniobras. De esta manera la vendimia se llevó a cabo con grandes dificultades, y sólo cuando la uva estaba muy madura. Se la dejó por dos días en el techo de la prensa para que reciba los últimos rayos del sol. Luego se la desgranó para pisarla. Se hizo más a menos como en muchas campiñas de Francia. Se guardó la uva en una habitación con las paredes y el piso de mortero, y ligeramente inclinada. Así el jugo podía fluir hasta las cubas a medida que se pisaba el fruto. Luego se terminaba la operación en la prensa.
Uno de los pisadores dirigía a los demás. Mi anfitrión me aseguró que de la elección de este hombre dependían la perfección y sobre todo la rapidez de la pisada. Los hombres escogidos para cumplir este papel de capataz son a menudo un poco de poetas y, durante todo el tiempo de la operación, deben improvisar coplas que acompañan con un pequeño violín. Los pisadores, descalzos y con la espalda desnuda, los siguen en fila, bailando al compás de la música sobre la uva; al final de cada copla cantan todos juntos el refrán, que en general es el siguiente: ¡hai, la ,la! ¡hai, la, la! ¡ ¡hai, la, la, la, la, la, la!. Los versos de las coplas no destacan por la riqueza de sus rimas, que en general ni existe; pero a veces son muy divertidos, pues el cantante busca su inspiración en las palabras o los gestos de aquellos que miran. Otras veces se refiere a la uva o bien, y sobre todo, a su dueño, pero éste evita seguir todos los consejos que le dan. En todo caso, la energía desplegada por los pisadores en su trabajo parece estar siempre acorde con el ingenio del improvisador.
En cuanto a la calidad del vino en Santa Ana, no puedo alabarla mucho pues, pese a todos, los cuidados del general, lo afecta a menudo la fermentación acética y ya sólo sirve para hacer aguardiente.