Jorge «Pitty» Samos Daroca dejó de lado el Derecho para hacerse cargo de un pedazo de historia: las viñas centenarias de Los Cintis. En su bodega, La Encantada, hace vino sin agregarle nada. Habló con la revista Moscatel en el café Ocaso.
En Villa Abecia hay viñas de siglos atrás que todavía dan uva. Jorge Samos las conoce. Es el dueño de Bodega La Encantada y, cuando habla de su trabajo, no habla de barricas ni de técnicas. Habla de esas plantas viejas como si fueran lo único que importa.
«Hay uvas que son más viejas que Bolivia», dice. No es una frase para la foto. Antes de que existiera la República, esas cepas ya estaban ahí, adaptándose al clima y a la altura de Los Cintis.
VIÑAS QUE SE CORTARON POR PLATA
Durante años, esas plantas criollas se consideraron un mal negocio. Rendían menos que otras variedades, así que muchos las arrancaron.
«Se han cortado viñas de 200 años para vender uvas de 15 o 20 pesos con el discurso de la productividad. Yo creo que ahí hemos perdido muchísimo», dice Samos.
Para él, esas viñas no son solo plantas. Son memoria. «Han mutado aquí, se han adaptado aquí. Hay variedades de las que todavía sabemos muy poco porque casi no hay estudios. Siempre miramos hacia afuera y pocas veces miramos el suelo que tenemos debajo de los pies.»

ORGÁNICO
En la bodega, esa idea se convierte en método. Samos hace vinos orgánicos con variedades criollas como Negra Criolla, Vizchoqueña y clones antiguos de Moscatel de Alejandría. No corrige, no maquilla, no agrega.
«Intento ponerle nada. Tengo vinos a los que no les he agregado absolutamente nada. No quiero que huelan a otra cosa ni que sean más bonitos. Quiero que expresen su propia identidad«, cuenta.
Y lo explica con una imagen simple: «Si uno toma un vino hecho de una viña vieja, sin maquillaje, sin exceso de madera, está tomando una fotografía de otro tiempo. Es muy sutil, pero la diferencia es enorme. No estás probando una receta; estás probando un lugar.»

CAVA
Antes de la bodega, hubo un abuelo: Tomás Daroca, que hacía vino en Villa Abecia. Samos se crió entre las plantas y la vieja bodega familiar. Un día sus primos lo encerraron en la cava por horas. Mientras esperaba que le abrieran la puerta, se quedó con el olor de las barricas y el silencio del lugar.
«Ahí pensé: esto es lo que quisiera hacer», recuerda.
La historia viene de más atrás todavía. Un antepasado español llegó a Bolivia con semillas de vid en los bolsillos, sin nada más. «¿Cómo iba a sobrevivir acá? Trajo semillas de uva. Esa fue su riqueza», cuenta Samos.
TESORO
Samos compara su trabajo con la minería, y no sale bien parada la minería. «La minería se lleva la riqueza y muchas veces deja pobreza. La viña hace lo contrario: cuida el suelo, genera trabajo y puede durar siglos.
El verdadero tesoro no está debajo de la tierra; está creciendo sobre ella.»
Por eso dice que cuidar las viñas viejas no es solo un tema de bodega. «No quiero que desaparezcan. Quiero que haya trabajo digno alrededor de ellas, que la gente pueda vivir del vino y que estas plantas sigan contando la historia del lugar.»

COSECHA
La Encantada no produce mucho vino. No le interesa. Para Samos, el vino empieza mucho antes de la cosecha: empieza en una cepa vieja, en un suelo que la sostiene desde hace siglos, y en la idea de que el mejor vino es el que suena al lugar donde nació.

