Jefe editor revista Moscatel
Por eso, en este Bicentenario, brindar con vino boliviano o con un buen singani no es solo un gesto festivo. Es un acto político, poético y profundamente identitario. Es decir “somos Bolivia” con el paladar. Y entender que el futuro también se cultiva… uva por uva.
En Bolivia, decir vino y singani es hablar historia, geografía, memoria y resistencia. Ahora que celebramos dos siglos de vida republicana, no podemos olvidar que entre los símbolos que construyen nuestra identidad también están los aromas, los brindis y la paciencia del tiempo envejecido en barrica.
Hace 200 años, Bolivia nacía como nación independiente. Pero desde mucho antes ya se cultivaban vides en los valles del sur. La viticultura llegó con los colonizadores, sí, pero fueron las manos de bolivianos las que aprendieron a domar la vid, a entender el clima, y a perfeccionar el arte de transformar una uva en un legado.
El singani, nuestro destilado nacional, nace de esa historia y se reinventa con ella. Hecho exclusivamente a partir de uva Moscatel de Alejandría cultivada en altura, es una bebida tan singular que el mundo comienza, por fin, a entender su carácter. La reciente reconocida Denominación de Origen en Estados Unidos no es solo una victoria comercial: es una declaración de existencia. Un acto de soberanía cultural embotellado.
Los vinos bolivianos también han dejado de ser la curiosidad de Sudamérica para empezar a ser protagonistas. Las condiciones extremas de altitud, la luz intensa, la oscilación térmica y la tierra fértil han permitido la creación de vinos intensos, aromáticos y honestos.
Este desarrollo no es casual. Es fruto del trabajo tenaz de enólogos, agrónomos, bodegueros y productores que han apostado por la calidad antes que la cantidad. Que han entendido que Bolivia no necesita competir por volumen, sino por autenticidad.
Pero hay algo más profundo que merece mención: el vino y el singani han logrado unir campo y ciudad, pasado y presente. Son vehículos de cultura, de turismo, de conversación, de economía familiar. Son también herramientas de dignificación para miles de familias que hoy ven en sus vides no solo un sustento, sino un motivo de orgullo.