“Jailalito, jailalay, pisaremos Vizchoqueña, Albilla y la Mollar, tomaremos vino rico salido de este lagar”, esta tonada hace eco en el cañón rodeado de cerros rojos que atraviesa como una daga los Cintis: sur y norte. El cañón te subsume como una aspiradora. Está en todos lados. Donde miran tus ojos ves los cerros rojos en forma de un abrazo que con el reflejo del sol te irradia una luminosidad intensa. Más arriba un cielo celeste en pleno. Se calcula que el cañón recorre unos 60 kms de extensión.
Otro dato clave es su altura, que es incomparable. Nadie en el mundo, y está comprobado, produce los vinos más altos del mundo que en Camargo, Villa Abecia y Tarija. Camargo tiene una altura sobre el nivel del mar de 2.406.
Aunque otros regiones buscan lo imposible, como Mendoza. “En su reciente informe Argentina 2023, de la Guía Descorchados, cita con entusiasmo el caso de La Carrera, la zona más alta de Mendoza, a 2.200 metros sobre el nivel del mar, donde antes reinaba el cultivo de la papa y ahora van por las vides”. Napa está a unos 300 msnm. Borgoña a 91 msnm.
Entonces, sobre todo Camargo tiene una enorme cualidad. Las viñas se acuestan en las faldas de los cerros rojos en pequeñas parcelas. Las uvas viven temperaturas bajas durante la noche y por ende mayor oscilación térmica, calor al medio día, lo que aumenta la acidez y le brinda personalidad.
Otro dato clave es su largo pasado. El historiador Erick Langer, en su libro Economic Change and Rural Resistance in Southern Bolivia (1989): “Cinti, una provincia de angostos y fértiles valles, sin centro urbano importante, fue poblada mayormente por descendientes de indígenas de tierras altas, españoles, chiriguanos y esclavos africanos. Cultivaban uvas, frutas, caña de azúcar que se procesaban en vinos y licores para exportación a los centros mineros de Potosí”. Fueron vides introducidas por los jesuitas. Es decir, se cultivan variedades de uva tradicionales desde hace más de 450 años: Moscatel de Alejandría, Vischoqueña, Misionera y Rosada.
A ello se suma, la forma de producción. El llamado sistema mollar, que hace que la vid crezca sobre el apoyo del árbol de molle, produce una vid condimentada que, a la vez, es protegida de los vientos y las lluvias por el propio árbol. El chañar, por su parte, remarca ciertas características de la vid, a la vez que promueve un ecosistema natural. Los árboles alimentan desde las raíces a las vides que le otorgan variantes de sabor, además se usan estos árboles dentro de las viñas para sostener las vides y ser cuidadas ante las plagas y las ocasionales granizadas.
Estos rasgos particulares de la región la hacen única cuando se compara con otras regiones vitivinícolas de Sudamérica, porque el Valle de Cinti se caracteriza por mantener aspectos productivos y relaciones sociales coloniales y modernas que enaltecen la singularidad de su producción.
