Principia y Arpay, no son solo los dos mejores vinos bolivianos de este año, sino que también son un llamado de atención, fuegos artificiales iluminando un país que, para muchos, está fuera del radar. No debiera estarlo. Hay buenas historias allí y, sobre todo, buenos vinos. Muy buenos vinos.
Es muy sabido que la narrativa es una buena compañera del vino. Claro que es importante que lo que está dentro de la botella sea bueno, tenga carácter, tenga originalidad y sea, a fin de cuentas, delicioso; esos vinos que se acaban sin que nos demos cuenta. Pero lo que está fuera de la botella, las historias que tienen que contar quienes los producen, también ayudan. Ya lo sabrán los franceses y los italianos que viven, en buena parte, de eso, de castillos y antepasados con medallas en sus solapas. Las historias que hay tras el vino boliviano, sin embargo, son distintas.
Germán Villamor ya va por los setenta y algo, y hoy es el propietario de la bodega Tierra Roja, en el centro del Valle de los Cintis. Los Cintis es uno de los lugares más remotos que yo conozco para producir vinos. Unas dos horas y media en auto al norte de Tarija (Tarija, la responsable del 80% del vino que se produce en Bolivia y que ya es remota en sí misma) y, para más indicaciones, a unas doce horas manejando al sur de La Paz. Los Cintis es un gran cañón de unos 80 kilómetros de largo, flanqueado por un lado por el majestuoso cerro Rojo, una columna vertebral maciza e imponente. Por el otro, de vez en cuando aparecen los verdes que deja el río, aunque casi siempre esto parece un desierto, uno a 2.300 metros de altitud.
En los Cintis el tiempo parece haberse detenido, la calma de los Andes, la brisa. Las variedades llevan los nombres de los pueblos en los que primero comenzaron a hacerse conocidas: la imporeña del pueblo de Impora, la vischoqueña del pueblo de Vischoca.
Los viñedos, los más viejos, de más de doscientos años, son descendientes directos de las primeras parras que algunos despistados jesuitas plantaron en el lugar hace ya casi 500 años. Vaya uno a saber cómo es que ese grupo de monjes llegó hasta ese lugar. Si ya es difícil llegar con todos estos aviones hoy en día, imagino como habrá sido cruzar las montañas a lomo de, no sé, quizás mulas, para arribar a ese lugar perdido de los Andes. Sabemos hoy que la vischoqueña es una cruza natural entre moscatel de Alejandría y listán prieto; sabemos también que la negra criolla es la listán o un pariente muy cercano. De la imporeña no sabemos nada.
Fue de este lugar del que se enamoró el hijo de Germán, Cristián. Y fue allí en donde decidió que lo que le quedaba de vida lo dedicaría a hacer vinos. Pero lo que le quedaba no era mucho. En septiembre de 2016 Cristián tuvo un aneurisma cerebral y murió. “Se nos fue en cinco minutos”, dice su padre, cabizbajo, mientras caminamos por los parrales de vischoqueña que fueron el sueño de Cristián Villamor, y que ahora su padre cuida como si fuera su propio sueño. Y el sueño de un viñedo de un puñado de hectáreas que se dispersa sobre los faldeos de un cerro en el pequeño pueblo de Villa Abecia. Allí Germán ha adoptado el amor de su hijo por la vischoqueña y con esa uva hace vinos deliciosos, frutales. Nos bebemos algunos en la terraza que da a la viña; más allá el río y, aún más allá, el cerro Rojo, con sus picos teñidos de arcillas. Con cada sorbo de ese líquido que parece un jugo de frutas rojas Germán parece recordar a su hijo. Uno nunca, en realidad, supera ese tipo de muerte. Los hijos están para enterrarlo a uno, pienso, mientras seguimos bebiendo.
Tierra Roja es parte de una pequeña pero sólida comunidad de productores en el Valle de los Cintis, gente cuya labor es rescatar un patrimonio, una herencia como no hay en Sudamérica. Viejas parras que han sido rescatadas y plantadas nuevamente por gente como los Villamor o que se conservan intactas, enredadas en los árboles de molles, chañares y algarrobos en viñedos que, más que viñedos, parecen bosques.
En los Cintis visitamos bosques, nos internamos en ellos. El bosque en San Roque, por ejemplo, propiedad de las hermanas Granier: María José y Mercedes, ambas descendientes de un linaje de productores de vinos y singanis (el aguardiente de moscatel de Bolivia), y que han decidido apostar por los Cintis, por esos “parrales”, que es como llaman a las parras que se encaraman en los árboles. María José es la ideóloga del proyecto, Mercedes es la enóloga, Helios MacNaught (un mexicano, pareja de María José, y el tipo que mejor gusto tiene por el café y el té que yo he conocido) se encarga de la viñas y, last but not least, Nayan Gowda, un enólogo londinense (lo que en sí ya es bastante raro) que ha caído enamorado por las parras centenarias del lugar, que vive allí y que se preocupa de que todo sea limpio, que sea correcto, que el mensaje de esas viñas no se vea nublado por problemas de vinificación. Mercedes y Nayan se han criado en la escuela australiana, así es que algo saben del tema. Jardín Oculto se llama la bodega de este cuarteto.
Los vinos de Jardín Oculto son quizás equivalentes a los que Pietra Posamai hace para Murga en Pisco o que Roberto Henríquez o Leo Erazo hacen en el sur de Chile. Hay una conexión allí que va más allá de las variedades criolla que usan, una conexión que se funde en vinos que, como dice mi amigo el brasilero Eduardo Milán, insigne especialista en esta materia, son “falsos simples”, de esos vinos que te engañan por su bebilidad, por lo fácil que pasan por el paladar, como si solo refrescaran, pero que cuando los tragas, te dejan con ganas de saber más, de beber más, pero de saber más.
En este viaje a los Cintis, me he encontrado con sorpresas, gente que conocía de oídas, pero que –tras visitarlos– me han dejado sorprendido. Uno de ellos es la bodega San Francisco de la Horca, el proyecto de Marcelo Vacaflores y de su hijo, también Marcelo.
La bodega se ubica cerca de Camargo, en la frontera norte del valle. Ambos, padre e hijo, son gente de pocas palabras, gente amable, gente de campo que no dice mucho, pero que sí dice mucho con sus vinos. Y ahí está el viejo dicho: “cuando juegas ajedrez nunca se dice la palabra ajedrez”, que se ajusta a este padre y a este hijo. Ambos cultivan uvas criollas y luego las envejecen en damajuanas, envases de vidrio “que son inertes, que no trasmiten nada y que nos permiten mostrar la fruta, tal como es”, me dice Marcelo hijo, mientras estamos en esa pequeña cava llena de vasijas. Los vinos de San Francisco de la Horca son cristalinos en su interpretación de los Cintis, sus vischoqueña y sus negra criolla exudan lugar, una fruta salvaje que emana de las copas. Vinos con un profundo sentido de lugar.
Algo parecido me sucede con Yokich, una bodega que hoy ocupa un viejo establecimiento, una vieja bodega construida por los jesuitas. Yokich fue fundada por Natalio Yokich, un productor de vinos croata que emigró a Bolivia en el siglo XIX.
Hoy Patricia Mendoza y sus hermanos Ariel, Verónica y Marcela, descendientes de Natalio, elaboran vinos y singanis de unas 14 hectáreas plantadas en la zona y, además, de viejísimos viñedos de terceros. Su foco son las uvas patrimoniales que compran a productores de la zona, la mayoría mujeres, viticultoras que han cuidado de esos “parrales”, de esos viejos árboles de molles y chañares como si fueran hijos. Una de esas productoras es la señorita Sonia, una profesora de Primaria, hoy jubilada. Con sus ochenta y algo de años, parece una joven intrépida y curiosa. De tanto en tanto, mientras recorremos sus viñedos que parecen bosques, me pregunta que si creo que esas uvas, a semanas de madurar, me parecen malbec o tannat. No tengo ni idea. Lo que sí sé es que las hermanas Mendoza, con Patricia a la cabeza, con esas uvas hacen vinos deliciosos. Pero no solo se hacen vinos deliciosos en los Cintis.
Tarija quizás no tenga esa aura medio salvaje, medio bucólica, pero con el 80% de la producción del vino boliviano, algo habrá que escoger. Y hay mucho. La gran sorpresa de este año en Descorchados 2025 ha sido cómo han evolucionado los vinos de Tarija, lo bien que han capturado la fruta.
Aranjuez, por ejemplo. Miren esos puntajes, dignos contendientes de los mejores vinos chilenos o argentinos. Y Cañón Escondido y sus tintos frescos, vivaces, llenos de sabor.
Puedo seguir. Kohlberg (Cautivo fue uno de mis tintos favoritos este año) descubriendo el poder de la fruta cuando dejan a un lado la madera y Kuhlman, claro que sí. De la mano del energético Franz Molina, esta bodega ha sabido reinterpretar los Cintis con un cabernet delicioso, un homenaje simple y frutal, al padre de Franz, quien murió de coronavirus el 2021.
Dos cosas antes de terminar. La primera es que hemos hecho una cata a ciegas con algunos de los mejores vinos sudamericanos según Descorchados. Y, en medio, hemos puesto el Principia 2023 de Granier Ortiz. Yo mismo me he llevado una sorpresa al poner ese cien por cien tannat de viñedos de Tarija entre los tres primeros. Y no solo porque creí que era el más complejo, sino que también porque era el más delicado. Un tannat delicado. No sabemos nada.
Y, por supuesto, Tour des Etoiles, el proyecto de Anita Liebers y Franz Kohlberg, junto a sus hijos Kenneth y Derek en un viñedo sobre suelos de algas fosilizadas. Arpay Domaine Baizal 2022 Syrah sencillamente me voló la cabeza. Nunca antes vi tanto sentido de lugar en un syrah sudamericano.
Los dos, Principia y Arpay, no son solo los dos mejores vinos bolivianos de este año, sino que también son un llamado de atención, fuegos artificiales iluminando un país que, para muchos, está fuera del radar. No debiera estarlo. Hay buenas historias allí y, sobre todo, buenos vinos. Muy buenos vinos.
Mira el informe completo: https://guiadescorchados.cl/archivos/originales/8de0d68beba9c84bfa39d4dbb6a61ab4.pdf
