Soy un fanático de la belleza, que la encuentro en la energía positiva que te brinda la vida. En cada copa de vino, en una pincelada de colores o en un click de la cámara fotográfica descubro alegrías y emociones de los instantes que deseo congelar en el tiempo, así empieza su historia Herbert Kohlberg. Enólogo de profesión y un artista autodidacta desde pequeño.
La influencia nace cuando su padre tenía la representación a la Afga en Tarija. Fue de niño, 12 años, cuando armó su cuartito oscuro del revelado con una cámara muy sencilla con 3 funciones básicas. Luego con sus primeros salarios se compró una Nikon, marca que lo acompaña hasta el día de hoy. Reitera que es Nikonista. Posee una colección de ellas. La última que adquirió fue una D810 con un lente Nikor de 85 mm con apertura de 1,86 valuada en unos 5000 dólares.
El segundo hijo de julio Kohlberg, Chavarría fundador de los vinos Kohlberg dedicó su vida a elaborar vinos y a crear arte. Maridó muy bien sus pasiones “Entre vino y el arte existe amor”, asegura. Y agrega que un buen vino es como una pintura que te conmueve o una foto que te inspira.
Recuerda que su padre lo impulsó a estudiar enología en Argentina porque veía el futuro en las vides recién plantadas de aquellos años. Aceptó a regañadientes alejarse de la arquitectura y embarcarse en un sueño pionero: forjar con sus hermanos la historia de la viticultura moderna de Bolivia. “El salto lo di cuando fui becado a perfeccionarme por el Gobierno alemán. Ahí comprendí lo que debía hacer en Tarija. En la Universidad 1975, ganamos un premio de una cata a ciegas con nuestro vino fundador Cabernet Sauvignon”.

Sin embargo, nunca dejó sus otras pasiones que se relaciona, naturalmente con su profesión. En estos campos fue autodidacta. Su deseo por expresarse siempre lo mantuvo intacto. Hoy en día se dedica a disfrutar del arte y la bohemia tarijeña en compañía de sus vinos y amigos.
“Veo la vida en imágenes, expresiones, instantes, espontaneidad. Aprecio los detalles de cada segundo para convertirlas en retratos que representen momentos especiales. La mejor foto tiene que ver con centecimas de segundos, con la intuición del ojo, sensibilidad de la película, ángulo y luces”, explica sobre su práctica en tiempos analógicos.
Cuenta con un amplio archivo de imágenes de Tarija en sus distintas facetas, sobre todo de la mujer chapaca. “Me gusta la figura humana, la pureza de la belleza femenina”. Asimismo de fiestas, costumbres, tradiciones y de comparsas de amigos en las distintas celebraciones.
Almacena más de 20000 películas que se encuentran en proceso de digitalización.” Antes las camaritas venían con rollos de 36. Ahora, una sesión puede sacar hasta 500 fotos. Estamos digitalizando alrededor de 250 por día, recuperamos gran cantidad de imágenes que no se podía ver, porque estaban sub o sobreexpuestas. Antes, como se dice, se sacaban fotos a mano alzada”.
Ahora, su desafío consiste en producir fotografías de estudio, para ello se compró equipos de última generación para organizar sesiones.” Hoy se pueden hacer maravillas porque tienes el control de la luz”.
En los años 80 ganó el primer premio de un Concurso Nacional denominado” Tierra y su gente” en honor a Alejandrino Pérez quien fuera el fotógrafo ícono del siglo 20 de Tarija. En la imagen en blanco y negro, se observa a un chiquillo que camina de espaldas por una callejuela en medio de casas de barro. “Esa vez usé un trípode, esperé un tiempo hasta que vi ese instante que me inspiró.”
Después de casi 30 años volverá a organizar una muestra a fines del 2019 con su hijo Helmut, a quien también le apasiona la fotografía. Fue en la casa Dorada cuando presentó 70 fotos tamaño 90 por 60 CM. Y, además obras pictóricas. “Debo hacerlo en los albores de mi vida. Es una deuda que tengo pendiente, ya estamos preparando algo nuevo, será muy lindo”, afirma.
Sobre la plástica su otra pasión señala “para mí el arte es muy personal, más aún la pintura. Cuando afronto al paño me olvido del mundo pasó horas y horas con los colores trazando formas, retocando siluetas para así alcanzar la belleza, sencillez y alegría de las figuras. Uno se mete tanto que se olvida del mundo”.
Desde adolescente siempre busco las formas para mantener la pasión por pintar. Aprovechaba las noches luego de trabajar todo el día en la viña aún sin luz artificial, se daba modos gracias a una lámpara de querosén que permitía una tenue un tenue albor, o cuando su madre Elía Campero Mealla le armó un pequeño estudio al fondo de la antigua casa de la calle 15 de abril, “Ahí me perdí en el tiempo”, cuenta recordando con nostalgia.
Recuerda que su abuelo, el alemán Julio Kohlberg Hatler lo llevaba del viejo Colegio Antoniano a tomar clases de pintura con el profesor Ernesto Herkobisch, judío alemán asentado en la ciudad, con el que dio sus primeras pinceladas. Aún conserva las pinturas y caballete de su ancestro, “las guardo como una reliquia, porque contienen la memoria de mis inicios y afectos.”
Maneja las 3 técnicas, óleo, acuarela y acrílico, pero se siente mejor con la segunda por su plasticidad. Pasó clases de pintura con los maestros Benito Guarachi y Jaime Calizaya, de quiénes aprendió a perfeccionar su arte.
Admirador de la escuela impresionista francesa, paisajes, naturaleza, figuras y algo de abstractos son los temas que lo convocan. La luz, el color componen su discurso pictórico, expresan las sensaciones e impresiones fugaces que le producen los objetos que luego son representados en el lienzo. Admirador de Monet, Renoir, Pissarro, Cézanne.
Algo extraño, pero nunca expuso en Tarija, aunque también prometió hacerlo en algún momento. Sí presentó sus obras en la ciudad de la Paz 2014 junto a su maestro Benito Huarachi y también en Oruro, 2015.
Alguien contaba por ahí que entre el mundo del vino y el arte siempre existió una complicidad, son la cara de una misma moneda por ambos caminos llegas al mismo destino: El arte conduce al vino y el vino al arte. Dicha idea podría sintetizarse en Herbert Kolhberg, un loco hermoso de la vida que hace del vino y el arte, un lienzo multicolor.
Artista plástico
Herbert Kolhberg transmite su forma de ser en sus obras, es un artista paciente y dedicado que en cada cuadro marca su impronta.
Ya adquirió personalidad propia es un excelente mezclador de tonos, aseguró Benito Guarachi artista plástico y profesor de amplia trayectoria, el maestro compartió sus enseñanzas y expusieron juntos en el centro Simón Patiño de Oruro.
“Tuve la oportunidad de intervenir artísticamente sus fotografías. Fue un desafío grande porque eran obras ya concluidas. Pero la experiencia valió la pena, ya que reflejaron una estética diferente, quede gratamente sorprendido con su trabajo”, finalizó.
