Breve reseña histórica del vino en América y Bolivia

F. Javier Castellanos Zamora
F. Javier Castellanos Zamora

El año 1494 Cristóbal Colón recorrió las tierras de la actual Venezuela, territorio que no llamó “Tierra Firme” sino el “Paraíso Terrenal”, intento establecer asentamientos humanos que, sin embargo, poco después abandonó el proyecto y se alejó del lugar. Uno de los motivos fue la falta de vino. Al parecer, para los europeos, la falta de este alimento era insoportable. Algo parecido se desprende de las cartas del capitán general Felipe de Utre (1505-1546), uno de los primeros conquistadores de esa región. Su objetivo era buscar la fabulosa ciudad de El Dorado, pero solo encontró una traumática experiencia de privaciones, hambre, luchas, conflictos y heridas, que se prolongaron durante quince años hasta morir degollado. A pesar de sus penurias, la memoria del vino se mantuvo siempre presente en su conciencia. Así lo expresó en carta a sus familiares en Europa: “Tened la bondad de beber vino a mi salud, pues hace cuatro años y medio que no pruebo vino” (Pardo, 1988 p. 121). La América Latina actual, en cuanto continente mestizo, formada por el roce entre europeos, pueblos indígenas y afroamericanos, nació ligada a la cultura de la vid y el vino. Los conquistadores españoles y sus aliados introdujeron la cultura de la dieta mediterránea, que se apoyaba en tres pilares fundamentales: vino, trigo y olivo. Esta cultura atravesó el Atlántico a bordo de los barcos castellanos, y se instaló en el nuevo continente. El vino era parte de la vida cotidiana de los primeros colonizadores y era indispensable. Aunque se sabe de la existencia y aprovechamiento de la uva silvestre en el territorio americano, no se conoce dato alguno que sugiera la existencia de vitivinicultura en América antes de 1492 y sobre todo antes de la conquista del territorio por parte de los europeos.

Fue con la llegada de los españoles y los portugueses cuando dio inicio el cultivo de vid (vitis vinífera) ya que por la distancia y los sistemas de transporte no era posible abastecer de vino a todos los europeos asentados en los nuevos territorios, lo que hacía necesario el desarrollo de una vitivinicultura propia por ser pueblos que tenían tradicionalmente incorporado el vino a su dieta alimenticia diaria. Asentados los descubridores en las nuevas tierras incorporadas a las Coronas de Castilla y Portugal, solicitaban también importantes cantidades de vino para el consumo, que eran difíciles de satisfacer por las considerables distancias y la dificultad de su transporte.

A este panorama se debe añadir el intento del clero de monopolizar el cultivo de la vitis vinífera argumentando que el vino, al ser parte del sacramento de la eucaristía debía ser sagrado y no caer en manos profanas, este truco funciono muy bien en los primeros, años de la colonia, sobre todo en el cono sur y el virreinato del Perú y sus aéreas de influencias, al estar los religiosos muy bien apoyados por el rey Felipe II que en el año 1550 freno la expansión de los viñedos en esta región porque necesitaba algo con que recompensar las fabulosas cantidades de oro y plata que salían de esos territorios. Al morir este monarca el año 1575 los controles se relajan y son los mismos religiosos quienes se encargan de difundir la viticultura y la vinificación en el resto de la población. A partir de estas fechas la casa de contratación de Sevilla recibió órdenes de enviar en cada barco cepas para su implantación en américa, Los sarmientos cortados en España en las vides de invierno, brotaban durante los largos viajes, al pasar por latitudes más bajas y cálidas. Al llegar a destino se plantaban en época inapropiada. Luego se comenzó a llevar el material en macetas para solucionar estos problemas, pero también aquí se presentaron problemas en el transporte. Se sabe, que también se sirvieron de semillas de uva para la formación de aquellos primeros viñedos, con el inconveniente de no reproducir los caracteres varietales originales y perder uniformidad en las nuevas plantaciones. Este sería el origen de numerosas variedades «criollas» que poblaron el viñedo colonial y aun son muy comunes en territorio boliviano.

 Formalmente el cultivo fue iniciado por los españoles en República Dominicana (antes llamada Isla “La Española”), posteriormente en la Nueva España (México) y Perú, de donde se fue extendiendo a los países colindantes conforme la conquista avanzaba.

LA DESERCIÓN DEL PERÚ Y EL ALTO PERÚ:

En el primer medio siglo del periodo colonial la economía vitivinícola ocupaba el primer lugar en la economía peruana, comenzó a desplazarse hacia el Alto Perú, sin embargo, estas regiones fueron abandonando paulatinamente esta actividad, el motivo se encuentra en causas naturales y económicas. La actividad minera, el descubrimiento del cerro rico en Potosí ocasionó el giro hacia otras actividades productivas, como la minería, ubicada en las regiones altas y frías, dedicándose más bien a producir agua ardiente a partir de la uva para mitigar las inclemencias del clima. Fueron estas condiciones las que marcaron el ritmo de la viticultura en lo que fue el Alto Perú y muy adentrado el siglo XX en lo que hoy es nuestra República. En el caso boliviano el cultivo de vides fue de cepas más bien aptas para la destilación ya que la mayor concentración poblacional se encontraba en las zonas minera altiplánicas y demandaban grandes cantidades del “singani”, y el vino paso a ser un producto destinado al consumo familiar. Es Así, que a partir del XVIII, el principal polo vitivinícola de América se asentó en los valles argentinos y chilenos.

 La introducción de la vid en Bolivia estuvo asociada a la llegada de las primeras expediciones de los españoles a América, siendo las propias misiones religiosas que introdujeron las primeras cepas. Los misioneros Agustinos (sacerdotes católicos) que vinieron a nuestro continente, son los que introducen las primeras cepas, en esta parte de América, entre los años 1.550 y 1.570 implantando viñas en las cercanías de los Conventos o las «Doctrinas», nombre que recibían las misiones fundadas por ellos, con la finalidad de poder contar con la materia prima para elaborar el vino que requerían para celebrar la Santa Misa, contribuyendo de esta manera a la difusión del cultivo de la vid en las zonas ecológicamente aptas para la vitis vinífera que luego se fue extendiendo a diferentes zonas, empezando por Mizque (Cochabamba), Tomina, Cinti en Pilaya y Paspaya (Chuquisaca), Luribay (La Paz) y hacia el sur Cotagaita (Potosí), llegando a Tarija a principios de 1.600.

 Cuando en el año 1.574 don Luis de Fuentes llegó a Tarija, con sus cuarenta y cinco españoles, bajó la cuesta de la “Quiñua” para hacer un alto a la altura de la Calama, ahí se le presentó un paisaje algo distinto a lo que se ve hoy. El padre Alejandro M. Corrado en su escrito “El Colegio Franciscano y sus Misiones”, describe aquel valle como tropical y regado en la mitad del año por frecuentes y abundantes lluvias, arroyos que corrían frescos y puros, ostentando una vegetación opulenta, coronado por sauces y presentando a la vista una alfombra de perpetua verdura, características ideales para el cultivo de la vid y olivares.

El inicio de la actividad vitícola en Tarija data del año 1.609, en que se implantaron las primeras cepas en el que sería el valle de San Luis, hoy Entre Ríos, capital de la Provincia O’Connor, a pesar de la constante amenaza de las tribus de Chiriguanos, que habitaban dicho valle. La amenaza de las tribus aborígenes se tradujo en la permanentemente destrucción de los viñedos plantados, motivo por el cual se tuvo que emigrar a otros valles menos propensos a los asaltos de los Chiriguanos. Es así que subió a valles más altos como Sella, Santa Ana, Concepción, La Angostura, La Compañía de Jesús, Juntas del Rosario y otros, en el Valle Central de Tarija. En el año 1.690 llegaron los hermanos Jesuitas quienes fueron traídos a Tarija por el Marqués de Tojo, instalándose en la Compañía de Jesús y continuando con los cultivos de vid allí existentes. En el año de 1.767 fueron expulsados del país y las propiedades ocupadas por ellos pasaron a poder del Estado quien les otorgaría nuevos dueños.

En la actualidad Absolutamente todos los viñedos bolivianos de uva de vinificación se encuentran por encima de los 1600 msnm y llegan hasta los 2850 msnm. Si bien sólo se producen alrededor de 3.500 hectáreas de vid en Bolivia, la calidad de la uva Tarijeña, por proceder de viñedos de altura, es excepcional, lo demuestra la gran aceptación en el mercado nacional, las medallas internacionales ya obtenidas por varias de las bodegas de la región y el inicio de exportaciones a los países consumidores de vino de todo el mundo. Llamando la atención de sus consumidores y despertando el interés de conocer cómo y dónde se elaboran, este hecho también ha generado uno de los productos turísticos más vendidos en Tarija que es “La Ruta del Vino”, con una visión empresarial en el marco de la sostenibilidad y beneficio común, hecho que se hace efectivo mediante el flujo de turistas y de la actividad económica en la región y sus correspondientes áreas de influencia. El vino pareciera que ha empezado a formar parte de la cultura de los bolivianos, su consumo ha crecido en proporciones muy grandes, y desde Tarija queremos difundir y transmitir que el consumo de este noble producto acompañado de la riqueza de nuestra gastronomía, folklore, debe estar asociado a sensaciones de libertad, de momentos familiares que reafirmen lo más preciado de nuestra cultura.

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