El café de especialidad boliviano, hoy por hoy, es considerado como uno de los mejores del mundo.
La llegada del café
Si bien no se tiene un registro histórico exacto de la llegada de las primeras semillas de café a Bolivia, muchos estudiosos concuerdan en que tuvo lugar hacia finales del siglo XVIII cuando esclavos que huían de los trabajos inhumanos en territorio actualmente brasileño, llegaron a Bolivia y trajeron, como parte de sus pertenencias, semillas de café.
Otras investigaciones sugieren que quienes ingresaron estas semillas, en realidad, fueron monjes y latifundistas; sin embargo, en una u otra teoría, la producción de ese café se limitó a prácticamente a nada y el consumo era mínimo.
Durante los siguientes años, la producción de café fue creciendo de una manera muy lenta. El verdadero motor impulsor para la producción de café boliviano comercial llegó hasta mediados de 1950 cuando personas impulsadas por la reforma agraria del 52, que tenía el slogan “la tierra es de quien la trabaja”, deciden migrar hacia el norte paceño y adoptar al café como producto principal para su producción.
Esta política estatal fue la respuesta a una de las tantas crisis de la minería boliviana y tenía la finalidad de desarrollar esas tierras, dotando tanto a mineros como a campesinos de terrenos y de algún apoyo para la producción de café.
Felix Chambi menciona que fue en los años 60 cuando el gobierno boliviano ingresó a esa región con proyectos de apoyo al productor que contaban con financiamiento de gobiernos extranjeros. En los años 70 y 80 empezaron a ingresar otras variedades de café al país pero “typica es nuestra variedad nativa, es como nuestra semilla emblema de la región”, agrega.
Gracias a ese incentivo estatal, la producción en el país creció exponencialmente. En esa segunda ola del café, Bolivia irrumpió en el escenario internacional, si bien no reflejando calidad constante pero con volúmenes de venta nada despreciables.
Felix hace énfasis en un aspecto por el que Bolivia se ha destacado desde los inicios, ser un país que produce cafés orgánicos. Hoy en día, esta característica se mantiene y es una carta de presentación del café boliviano, en contraste con muchos países productores en el mercado cafetalero mundial.
Inicio de la aventura
Pedro Rodríguez cuenta que en los años 90 el país vendía su producción cafetalera a prácticamente un 20 o 30 % menos de los parámetros establecidos internacionalmente. Esos descuentos o castigos económicos se aplicaban teniendo en cuenta la calidad del café boliviano de esa época, que podía llegar a veces bien y a veces mal.
A finales de esos años, apareció un programa de las Naciones Unidas que “consistía en, justamente, identificar las potencialidades que tenía el café boliviano. (…) Vieron que, manejándolo bien, tenía unas características muy buenas y que eso no se estaba explotando en el mercado internacional”.
El programa se centró en cambiar algunos procedimientos que se estaban empleando mal en Bolivia, fundamentalmente para las etapas de cosecha y poscosecha. En esa época, “había la mala costumbre de comercializar el café en mote húmedo”, aspecto que fue identificado como uno de los puntos críticos dentro de la cadena de producción del café y su consecuente deterioro en la calidad, cuenta Pedro.
Gracias a ese programa “se vuelven a redescubrir las potencialidades del café Boliviano”. Desde ahí, el panorama cafetalero fue distinto. Una vez aplicados los procedimientos de forma correcta, se enviaron muestras a distintos compradores potenciales y fue identificado como un café de especialidad que había estado mal catalogado como un café únicamente comercial.
Cafés exóticos
De estar en un momento crítico en su producción, y gracias al apoyo internacional, Bolivia pasó a encontrar un nuevo nicho de mercado. Ingresó a la tercera ola de los cafés de especialidad con un producto de calidad y reconocido por su producción orgánica.
Bolivia se posicionó en la escena internacional como un buen referente cuando de cafés se habla, teniendo actualmente un mercado consolidado en países como Estados Unidos, Francia, Alemania y Japón.
Escenario actual
Actualmente, Bolivia tiene un importante número de cafeterías de especialidad, tanto en sus ciudades principales, como en los municipios productores. La población joven ha volcado su mirada a esta cultura del café de especialidad y día a día crece el número de profesionales capacitados que se involucran en la industria como baristas, tostadores, catadores y productores.
Si bien la cultura de tomar café en el boliviano común está muy arraigada, en su mayoría, el consumo es todavía de café comercial y falta mucho terreno por recorrer para materializar un cambio; se ha avanzado gracias a las tiendas de especialidad que se han ido posicionado en el mercado local desde hace unos 10 años.
Una limitante, sin duda, es el extenso territorio que tiene Bolivia y la poca población interna, lo que genera un mercado, de alguna manera, restringido y limitado.
Algo a resaltar es, justamente, el desarrollo del café de especialidad en el mercado interno que está abriendo un espacio muy importante para los pequeños productores del país, reducido de momento pero ofreciendo un espacio que antes no se tenía y que promete mucho en un futuro próximo.
Finalmente, el horizonte se ve prometedor y toma fuerza al tener Bolivia las condiciones perfectas, tanto de latitud como de clima y altura para generar un café de especialidad de muy alta calidad. Si conjuntamente se sigue trabajando por ofrecer un producto atractivo a los consumidores, será más fácil afrontar los retos propios de un país con muchas desigualdades sociales y una infraestructura condicionada por su falta de acceso marítimo.
Fuente: Luis Fernando Paz Quiroga.
