Llegamos a Villa Abecia, luego de recorrer casi tres horas desde la ciudad de Tarija. A pasos de la plaza principal los hermanos Castellanos Zamora tienen una casa, que al final tampoco creo que sea propiamente de ellos, sino de todos los amigos y amigas que albergan cuando habitan la Villa.
Pasamos a la casa.
Levanto la mirada al cielo y la máquina del tiempo vuelve hacia atrás. Veo a los hermanos corriendo con el pantalón corto y las manos pegajosas de tanto recoger uvas, higos, granadas y paltas de la finca de la tía Maricucha.
Ahora los veo brincando en la poza del río. Corriendo por los bordes de las piedras. Jugando, saltando y salpicando con el agua que recorre kilómetros desde las alturas para llegar a los sembradíos de uva y humedecer las vides con su naturaleza.
Uno de ellos salta tan lejos y largo que agarra entre sus manos un picole de leche de cabra. El picole en forma de cono sujetado por un palito de madera te lleva a un viaje por los sentidos recordando aquellos sabores que ya no volverán, como los anchis y queques de mi abuela Alcira. Exquisiteces.
A la hora de la oración escucho las voces de las matriarcas convocando a los niños y niñas al nido. Las miro afanadas en la cocina a leña. Más allá, sus manos laboriosas tejen palabras en formas de mantas que al igual que los cerros colorados las envuelven y protegen.
Es la hora de la bohemia. Los niños quedaron en las retinas. El tiempo y el espacio hicieron lo suyo. Ahora las palabras en la casa del Cumpa viajan como silbidos al compás de las violas y los gargueros humedecidos, mientras las zambas carperas retumban en las montañas como ecos de alegría.
En ese momento los brebajes hacen magia. Me veo caminando por las laderas de los cerros en medio de las parras de uva blanca y negra que brillan por la noche. Aprieto cada racimo con mis manos hasta que el vino explota en mi garganta. Se precipita una cascada y yo navego en sus olas. Alguna vez leí una frase: los animales humanos somos sólo y tan sólo remembranzas. Pues bien la casa tiene el aroma de los recuerdos. Es la memoria viva frente al olvido que se materializan en artefactos: un cuadro, una fotografía, una mesa, un libro, una vitrina o una manta, o en palabras, leyendas, poesías, canciones y charlas. Al respecto decía Irene Vallejo en El Infinito en un Junco: “esos seres de tinta y papiro amenazados por el olvido”. A: Javier Castellanos Zamora y Pati Vaca Guzmán Garamendi.
