¿Nunca habían oído hablar del vino boliviano? Siempre hay una primera vez

La globalización favoreció al descubrimiento de los vinos bolivianos.
La globalización favoreció al descubrimiento de los vinos bolivianos.

En su momento (2018) el famoso diario The New York Times escribió una semblanza sobre las bondades del vino boliviano. Shaun Pett fue la periodista responsable.

Bolivia es uno de los países productores de vino más interesantes del mundo”, comentó el sumiller, Bertil Levin Tottenborg. “La calidad es extremadamente alta y nadie lo sabe”.

Durante un viaje a Bolivia en marzo, el experto holandés en vinos Cees van Casteren realizó una cata a ciegas de vinos tannat provenientes de todo el mundo. Como era de esperarse, el ganador fue La Tyre, de Chateau Montus en Madiran, la región francesa que se especializa en esos vinos tintos. Sin embargo, un vino boliviano, salió en segundo lugar.

Van Casteren, quien es un “maestro del vino”, el equivalente a un doctorado en el mundo vinícola. “Quería demostrar que los mejores vinos bolivianos pueden competir con los mejores del mundo”. Durante los últimos ocho años, Van Casteren ha sido consultor del gobierno holandés y ha ayudado a los productores bolivianos a mejorar sus productos para exportación.

No obstante, no es el único que cree en el vino local. En Gustu, un restaurante de Claus Meyer en La Paz dedicado a promover la gastronomía nacional y capacitar a la próxima generación de chefs y empleados de restaurantes del país, la lista de vinos solo incluye marcas bolivianas. “Bolivia es uno de los países productores de vino más interesantes del mundo”, comentó el ex sumiller principal, Bertil Levin Tottenborg. “La calidad es extremadamente alta y nadie lo sabe”.

Eso está cambiando. Las exportaciones a Estados Unidos, Brasil, Europa y China aumentan poco a poco, principalmente en los restaurantes.

A pesar de ello, su alcance es limitado. Los viñedos de Bolivia solo equivalen a alrededor del 1,5 por ciento de las más de 200.000 hectáreas en la nación vecina, Argentina —el sexto productor más grande del mundo.

Por lo general, uno no encuentra pobreza y vinos de gran calidad en el mismo lugar. Sin embargo, aunque es uno de los países más pobres de América del Sur, Bolivia tiene una larga tradición en la producción vinícola, así que la calidad de sus vinos es sorprendentemente buena. Aunque el terreno ofrece sus propios desafíos, desde la selva hasta la montaña, también tiene beneficios.

Bolivia comienza a producir vino donde todo mundo deja de hacerlo”, comentó Francisco Roig, responsable de enología y copropietario de Uvairenda, en Samaipata. La altitud del país —entre 1500 y 3000 metros— modera las temperaturas que, de otro modo, serían tropicales. Además, los intensos rayos ultravioletas hacen que las uvas desarrollen una piel gruesa, que produce taninos y sabores maduros.

Las temperaturas diarias pueden variar en más de 35 grados, lo cual concentra la acidez, y las lluvias veraniegas diluyen el vino, lo que produce un estilo más elegante, “más asociado con los climas frescos del Viejo Mundo”, comentó Roig.

Hasta ahora no ha surgido un varietal representativo del país. La moscatel de Alejandría, una uva blanca, representa el 70 por ciento de las uvas plantadas en Bolivia, pero la mayoría se usa para destilar el licor singani. Aunque los españoles trajeron las uvas en el siglo XVI, la industria moderna solo tiene cincuenta años, de tal modo que los enólogos todavía exploran distintas variedades de uvas.

“Las cepas francesas en los vinos tintos están funcionando realmente bien”, comentó Mauricio Hoyos, gerente general de Aranjuez, especialista en tannat en Tarija, la capital vinícola del país.

También hay zonas de varietales de uvas traídas originalmente de las islas Canarias por los españoles, como torrontés y pedro giménez en el caso de los vinos blancos y la negra criolla para los tintos. La vizchoqueña es una mutación de la varietal negra criolla que produce un vino parecido al pinot noir.

El valle de los Cintis, al norte de Tarija, existen unos treinta viñedos con parrales, o viñas que se han quedado sin podar y tienen muchos vástagos, algunas con entre 100 y 250 años de antigüedad, que crecen enredadas con pirules y chañares. Los españoles usaron este sistema para proteger a las uvas del sol y las enfermedades, pero ha desaparecido en el resto del mundo, según comentó Van Casteren.

El enólogo de cuarta generación Marcelo Vacaflores, de 31 años, y a su padre les ha tomado quince años revitalizar el viñedo de la familia. Renovaron la bodega, cavaron pozos y planean sembrar nuevas uvas en agosto.

Un poco más adelante, en la misma autopista, el autodidacto Christian Villamor inició Tierra Roja haciendo vino en su habitación. Aunque murió en 2016 a los 37 años, la familia continuó con los métodos biodinámicos del viñedo y ha plantado nuevas viñas de vizchoqueña.

Amane Hagiwara, de 31 años, quien creció en Japón y el norte de África y estudió en Francia, descubrió el valle mientras viajaba y lo ha convertido en su hogar desde hace tres años. Atraído por el terruño y la tradición, fermenta cepas de negra criolla y moscatel de Alejandría de viñas antiguas en ánforas de barro.

“Lo que tenemos que hacer”, dijo, es ser fieles al terruño“ y no copiar la forma de hacer vino de otros lugares. Hay que hacerlo como lo sintamos, con nuestra tradición, con nuestra historia; así es como podemos transmitir algo real”.

Al noroeste del valle de los Cintis, los valles de Santa Cruz y Samaipata demuestran el potencial de crecimiento. Cuando Roig estableció su bodega en esta región en 2007, solo había 40 hectáreas cultivadas. Ahora hay más de 485 hectáreas. Bolivia tiene hasta veinte veces más tierra adecuada para la viticultura de la que usa.

Roig, quien salió de Bolivia cuando tenía 17 años y ahora vive en Washington, D. C., se centra en las exportaciones a Europa y Estados Unidos. El hecho de que el vino “sea reconocido por la gente en el extranjero nos hace tener conciencia y sentir orgullo de ser bolivianos”, mencionó.

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