Destacamos del historiador e investigador Erick D. Langer su libro “Se pavonean en los pueblos” (resistencia rural y modernidad en Chuquisaca (1880 – 1930), el capítulo destinado a la provincia Cinti y de ahí un extracto sobre los orígenes de la SAGIC (páginas 154 – 155 y 156).
Las haciendas de la SAGIC (Sociedad Agrícola, Ganadera e Industrial de Cinti) no solo eran poco comunes en sus niveles de mecanización, sino además en su orientación de mercado, sus formas de inversión, sus cultivos y su organización laboral.
La empresa se podría situar como el más claro ejemplo de la transformación de la economía boliviana, de una centrada en la minería de la plata de las regiones del sur del país a una dominada por los intereses del estaño de las regiones del norte. Desde un inicio, el mercado más importante para la SAGIC era La Paz, en vez de la moribunda economía de Potosí.
Jorge Ortiz linares, dueño de una parte de las liquinas de la hacienda de Culpina, se casó con la hija de Simón I. Patiño, el rey del estaño de Bolivia. Ortiz, y varios propietarios de las otras dos haciendas con Simón Patiño fundaron la compañía en 1925, con un capital autorizado de 600.000 libras esterlinas.
De 235.824 acciones, 100.00 eran de Patiño, sus hijos y el banco Mercantil, al que el mismo Patiño controlaba. Los otros fundadores, incluyendo Alcira vda. De Romero, quien era dueña de una parte de la empresa fallida de El Caserón, recibió una combinación de dinero en efectivo y acciones en la compañía a cambio de sus tierras. Algunos se quedaron como oficiales activos de SAGIC, incluidos José Ortiz, quien era el gerente general, y Jorge Calvo, quien quedó como administrador de su antigua estancia, San Pedro.
Como muchos miembros de la élite de Sucre, los propietarios de las haciendas se habían endeudado fuertemente con los bancos y su nueva empresa, bien financiada, probablemente los salvaría de la bancarrota.
Después de que la SAGIC tomó las propiedades, el énfasis comercial viró dramáticamente hacia las liquinas. La viticultura, que una vez fue fuera el foco de la economía local, se volvió marginal en el esquema de la empresa. San Pedro, la única hacienda con viñedos, sirvió ante todo como un depósito de salida hacia la carretera principal entre Tarija y Potosí y, además, con un nexo hacia Camargo, que quedaba a sólo a once kilómetros. Detrás de San Pedro estaban Culpina e Ingahuasi, las dos haciendas en liquinas, que se convirtieron en el punto focal de la economía de la compañía. La casa de hacienda de Culpina se hizo la sede administrativa, y un gran complejo destilero se instaló a una corta distancia de ahí.
Hacia 1926, la SAGIC había gastado casi Bs. 500.00 (o alrededor de 180.000 dólares de hoy) solamente en la destilería, la mitad en el edificio de la fábrica que la albergaba y el resto en la maquinaria importada desde Francia. Un molino importado de Bélgica, con piedras de moler de Francia fue armado al lado de la destilería; su valor combinado era de Bs. 10.000. Los cobertizos que protegían la nueva maquinaria agrícola y los camiones de los Estados Unidos, que valían alrededor de Bs. 170.000 ($us. 51.000), se agruparon al lado de la destilería.
Los trabajadores asalariados del molino y de la destilería vivían en el borde de la vasta y desolada pampa de Culpina, en un pequeño pueblo que se parecía a los campos mineros del altiplano boliviano, que se reprodujeron después de 1925. Los arrenderos de Ingahuasi y Culpina constituían la mayoría de la fuerza de trabajo. Vivieron en casa de adobe con techo de paja y sin ventanas, dispersadas a través de estancias, a partir de las que la destilería extraía prácticamente sus granos.
A pesar de las enormes inversiones de capital de la SAGIC en la maquinaria y los edificios, y de los planes ambiciosos de los dueños para la comercialización del alcohol de grano, su éxito -por lo menos, durante el primer año- dependió fundamentalmente de la población de arrenderos y de su cumplimiento de las obligaciones tradicionales. Además de una centena de empleados asalariados y de 33 viñateros de San Pedro, la compañía tenía algo más de 1.400 arrenderos a su disposición. Directa o indirectamente, los arriendos de los arrienderos, el deshierbe, las obligaciones y las compras que debían de hacer en la tienda de la empresa constituían el ingreso más alto de la empresa SAGIC, un porcentaje que nunca bajó del 71% durante los primeros seis años.
Esto no era que los dueños de la SAGIC habían esperado. Confiaban en las cuantiosas ganancias de la producción de alcohol –tanto como los Bs. 300.00 de la destilería en 1926, un monto que les habría permitido amortizar su inversión por al menos dos años si hubieran vendido tan solo el alcohol. De hecho, incluso en 1927, la destilería seguía funcionando a pérdida (bs. 3085). Cuando comenzó a generar ganancias, estas fueron insignificantes: los niveles de venta del alcohol encontraron sus niveles más altos después de la primera década de iniciada la operación en 1930, por un total de solo Bs. 41.055, apenas un pobre 14% de las ganancias proyectadas. Sin duda, las condiciones económicas en Bolivia tenían mucho que ver con ésta falta de éxito. En 1928, la sobreproducción puso a la industria del alcohol en crisis; poco después la Gran Depresión redujo drásticamente las ventas, especialmente en la región minera, donde la mayor parte de los despidos ocurrían. Como resultado la compañía una vez más tuvo que recurrir a los arrenderos para conseguir ingresos.
La SAGIC también dependía de los arrenderos para las materias primas; durante los primeros años, mucho del grano de la destilería venía de colonos que vendían sus cultivos a la compañía. En 1930, por ejemplo, las tierras de hacienda producían el valor de Bs. 48.559,69 de Bs. 77.637,22 del grano que la destilería consumía. El resto era comprado a los arrenderos al precio de mercado.
